No quiero perder la cabeza | Lydia Cacho

por Lydia Cacho

Despierto, doy la vuelta con pocas ganas de abrir los ojos por completo. El reloj marca las tres de la mañana. Toco mi cuello y lo acaricio mientras hago respiraciones profundas. La oscuridad invade mi habitación, mi respiración se corta, necesito encender la luz para reconocer en donde me encuentro, el aroma de este sitio no me es familiar.

Por fin mi mano encuentra el botón para encender al lámpara. Me incorporo despacio reacomodo las almohadas y miro a mi alrededor, estoy agotada nada quisiera en este momento sino dormir plácidamente, descansar toda la noche sin razones para el desvelo. Es un cuarto de hotel clásico, pequeñito y lindo en el barrio del West End de Londres. Logro comenzar a respirar profundamente, como aprendí a hacerlo hace veinte años que descubrí la Yoga y sus beneficios; el único método que logra equilibrarme. Aun en la cama asumo una postura de yoga básica: flor de loto, conecto mi columna vertebral con mi cabeza, entra, fluye y sale el aire por mi cuerpo y la ansiedad se derrama en las sábanas poco a poco. Sólo entonces estiro la mano y tomo mi libreta moleskin roja, la pluma ensartada en el resorte que la mantiene cerrada se queda en mi mano.

La pluma, mi lanza, mi herramienta mi compañera de viaje. La libreta es un puerto de abrigo, no importa la hora o el lugar siempre da la bienvenida a mis palabras sin importar hacia donde van –o si tienen destino-, las frases que se construyen con la tinta y el papel son mías, son nuestras; no estoy sola mientras pueda revelar los sueños, las pesadillas las ideas los pendientes y las palabras de los otros. Existo también, como existen las mujeres y los hombres que entrevisto para los periódicos, existo como existen las niñas y niños que me narran el horror del mundo y luego hablan de sus juegos y deseos de justicia. Escribo para los otros, escribo para mi, escribo para recordar que la vida importa. No quiero perder la cabeza, escribo en una sola línea mientras toco otra vez mi cuello y un escalofrío me recorre la piel.

Me levanto de la cama y tomo una bufanda violeta que dejé sobre una silla; cuidadosamente la pongo alrededor del cuello. Vuelvo a la cama y me hago consciente de lo que sucede, el miedo se coló entre mis sueños y abrevó de una imagen cada vez más conocida en los diarios de mi país: las personas decapitadas, cabezas sin cuerpo en las páginas de una revista política, cuerpos desmembrados en la portada de un diario que nunca jamás había sacado semejante imagen de horror. Entre sesenta mil asesinatos en una inútil y mentirosa guerra contra el narcotráfico, mi país se desangra y en medio de esa sangre millones sobrevivimos para decir la verdad.

En mi pesadilla la cabeza era mía, sin nada alrededor, en un paisaje desolado, árido mi rostro con los ojos cerrados ya sin vida. Respiro nuevamente sin soltar la pluma, debo escribirlo sólo para mi, para exorcizar la imagen. Vuelven a mi mente las palabras de la penúltima amenaza de muerte que recibí por correo electrónico, primero entregarían mis manos a mi pareja, luego darían mi cabeza a mi padre. En cuento recibí la amenaza llamé a mis abogados, la reenvié a las autoridades incapaces y sin voluntad para investigar las agresiones a periodistas. Le di la información completa a un buen amigo que me asesora en temas de seguridad. Dos días más tarde sabíamos que la amenaza había salido de Veracruz, que el propietario del correo electrónico había escrito una veintena de correos en los que acordaba asesinar personas por mil quinientos dólares. Un sicario cualquiera, y yo estaba en su lista, peor estar en una lista no es delito.

Seguí trabajando, segura de que las autoridades no harían nada por mi, como no hacen nada por la gran mayoría de mexicanas, denuncié, dije todo lo que sabía, mi enemigo sabe que ahora le conozco, le arrebaté lo que las mafias más valoran, su escondite, su lugar seguro. Y seguí mi vida. Eso hago cada vez que llega una nueva amenaza. Denuncio y sigo mi vida, aumento las precauciones y sigo escribiendo, que es lo mismo que seguir viviendo. Voy con mi terapeuta, lloro un poco recuerdo cuando me secuestraron y me torturaron; trabajo el miedo, lo saco a pasear frente a testigos que saben cómo confrontarlo y debilitarlo. Arrojo luz sobre todo lo que está en mi cabeza, no quiero comerme el miedo, porque indigesta. Arrojo luz, no quiero que las palabras que describen con morbo y odio cómo sería mi muerte se queden colgadas de mis pupilas. Arrojo luz porque sólo con luz puedo mirarme al espejo y celebrar que aun estoy aquí y sonrío porque sí, simplemente sonrío porque puedo.

Miro de nuevo la frase en letras capitales: no quiero perder la cabeza. Pienso en los tiempos de mi adolescencia en que escribí una frase parecida para hablar de amor. Cuando era joven no quería perder la cabeza por amor, podía entonces acudir al lenguaje figurado cursi y poetico porque jamás imaginé que ser escritora, periodista, podría costarles la cabeza a mis amigas, a mis colegas muertos y a mi, que sigo con la fortuna de la vida.

No importa que haya acudido a terapia, no importa que haya decidido no darme por vencida con la determinación de quien corre afanosamente hacia la tranquilidad y la esperanza, no importa que me haya prometido no repetir las palabras de quienes me quieren muerta. Las palabras de ellos, como las mías y las de otras periodistas, viven entre nosotras y tiene su propio peso, su forma y su certeza. Se escabullen a media noche, aunque estemos seguras de haberlas tirado a la basura, aunque hayamos hecho un ritual imaginario quemando las amenazas en el fuego. Y se aparecen así nomás, se convierten en imágenes poderosas; ya no son amenazas sino hechos, su poder descriptivo es atroz porque son parte de la realidad y la realidad de los otros es parte de nuestras vidas. Cuando me hago consciente de ello me levanto nuevamente de la cama, tomo un ejemplar de mi libro Slavery Inc. Miro su portada blanca. Para eso estoy aquí, en el Reino Unido, para hablar de mis investigaciones de las mafias que compran y venden seres humanos. Llevo a la cama el libro, me cobijo, toco la bufanda que ha entibiado mi cuello ya relajado, me hago consciente de todo lo que me rodea: una habitación que no es mía, una maleta con ropa barata y con mi cámara fotográfica profesional; una botella de agua mineral, una cobija tibia que me resguarda del frío, mi pluma, mi libreta, mi libro escrito luego de 5 años de investigación y muchas amenazas. Entre todo ello estoy yo, viva, entera, respirando sana y salva. Bebo un poco de agua. Escribo en otra página: no perderé la cabeza por miedo. Cierro la libreta, respiro profundamente y pienso que mañana tendré un día interesante en el Frontline Club. La vida sigue y yo también.

La vida sigue, y yo con ella.


(Una traducción de ese texto aparacerá en la revista de English PEN enero de 2013)